Epidemiología

Adultos

  • En China, el 87% de los casos confirmados tenían entre 30 y 79 años y el 3% tenían 80 años o más. Aproximadamente el 51% de los pacientes eran hombres.[4]

  • En Italia, la mediana de edad y la prevalencia de las comorbilidades fue mayor en comparación con China.[5]

  • En el Reino Unido, la edad media de los pacientes era de 73 años y los varones representaban el 60% de las admisiones en un estudio prospectivo de cohorte de observación de más de 20,000 pacientes hospitalizados.[6]

  • En los EE.UU., los pacientes de edad avanzada (edad ≥65 años) representaron el 31% de todos los casos, el 45% de los ingresos hospitalarios, el 53% de los ingresos en la unidad de cuidados intensivos y el 80% de las muertes, con la mayor incidencia de resultados graves en los pacientes de edad ≥85 años.[7]

Niños

  • Las evidencias sugieren que los niños son menos susceptibles a la infección que los adultos, con una probabilidad de 0.56 de ser un contacto infectado en comparación con los adultos. Los adolescentes parecen presentar una susceptibilidad similar a los adultos.[8]

  • La edad media de los niños con infección es de 6.5 años.[9] Las tasas de infección en niños y adolescentes varían según la ubicación geográfica:[4][10][11][12][13][14][15]

  • En el Reino Unido, un estudio prospectivo de cohorte de observación encontró que los niños y adultos jóvenes representaban el 0.9% de todos los pacientes hospitalizados en ese momento. La mediana de edad de los niños ingresados en el hospital era de 4.6 años, el 56% eran varones, el 35% tenían menos de 12 meses de edad y el 42% presentaban al menos una comorbilidad. En términos de etnia, el 57% eran personas de raza blanca, el 12% eran del sur de Asia y el 10% eran de raza negra. La edad menor de 1 mes, la edad de 10 a 14 años y la raza negra fueron factores de riesgo para el ingreso en la unidad de cuidados intensivos.[16]

  • En los EE. UU., un estudio de cohortes retrospectivo de más de 135.000 niños descubrió que la edad media de los niños infectados era de 8.8 años y el 53% eran de sexo masculino. En términos de etnia, el 59% eran personas de raza blanca, el 15% de raza negra, el 11% hispanos y el 3% asiáticos. Solo el 4% de los niños dieron positivo en el análisis del coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2) en esta población, y las manifestaciones clínicas fueron típicamente leves.[17]

  • La mayoría de los casos en niños provienen de grupos familiares, o niños que presentan antecedentes de contacto cercano con un paciente infectado. Es infrecuente que los niños sean el caso índice en las agrupaciones de transmisión en el hogar.[18] A diferencia de los adultos, los niños no parecen tener un mayor riesgo de padecer enfermedades graves basado en la edad o el sexo.[19]

Mujeres embarazadas.

  • Un metanálisis de más de 2500 mujeres embarazadas con COVID-19 confirmado encontró que el 73.9% de las mujeres se encontraban en el tercer trimestre; el 50.8% eran de grupos de personas de raza negra, asiáticos o de minorías étnicas; el 38.2% eran obesas; y el 32.5% presentaban comorbilidades crónicas.[20]

  • En el Reino Unido, la incidencia estimada de ingresos hospitalarios con infección confirmada de SARS-CoV-2 en el embarazo es de 4.9 por cada 1000 maternidades. La mayoría de las mujeres estaban en el segundo o tercer trimestre. De estos pacientes, el 41% tenía 35 años o más, el 56% pertenecía a la raza negra u otros grupos étnicos minoritarios, el 69% tenía sobrepeso o era obeso, y el 34% presentaba comorbilidades preexistentes.[21]

  • En EE.UU. se han registrado 46,731 casos en mujeres embarazadas (hasta el 14 de diciembre de 2020), con 8737 ingresos hospitalarios y 58 muertes.[22] Según un análisis de aproximadamente 400,000 mujeres de 15 a 44 años de edad con enfermedades sintomáticas, las mujeres embarazadas de origen hispano y de raza negra no hispanas parecen verse desproporcionadamente afectadas durante el embarazo.[23]

Profesionales de salud

  • La incidencia de la infección en los profesionales de salud osciló entre el 0% y el 49.6% (por reacción en cadena de la polimerasa), y la prevalencia de la seropositividad del SARS-CoV-2 osciló entre el 1.6% y el 31.6%. Es probable que los amplios rangos de porcentaje estén relacionados con las diferencias en los entornos, las exposiciones, las tasas de transmisión en la comunidad, el estado de los síntomas, el uso de medidas de control de las infecciones y otros factores.[24][25]

  • Una revisión sistemática y un metanálisis de casi 130,000 profesionales de salud estimaron que la seroprevalencia general de los anticuerpos del SARS-CoV-2 era del 8.7%, con una mayor seroprevalencia informada en América del Norte (12.7%) en comparación con Europa (8.5%), África (8.2%) y Asia (4%). Los factores de riesgo para la seropositividad incluían el sexo masculino, la etnia de raza negra, asiática o hispana, trabajar en una unidad COVID-19, trabajar de cara a pacientes y trabajar en servicios de atención sanitaria en primera línea.[26]

  • Aproximadamente, el 14% de los casos informados a la Organización Mundial de la Salud son de profesionales de salud (rango de 2% a 35%).[27]

  • La mayoría de los profesionales de salud con COVID-19 informaron de contacto en el contexto de asistencia sanitaria. En un estudio de más de 9000 casos informados en los profesionales de salud en los EE.UU., el 55% tuvo contacto solo en un contexto de servicios sanitarios, el 27% solo en el hogar, el 13% solo en la comunidad, y el 5% en más de un contexto.[28]

  • Los profesionales de salud más frecuentemente afectados fueron las enfermeras. Solo el 5% de los profesionales de salud desarrollaron enfermedades graves y el 0.5% murieron.[29] La incidencia de enfermedad grave o crítica y la mortalidad en los profesionales de salud fue menor que la incidencia de enfermedad grave o crítica y la mortalidad en todos los pacientes.[30]

  • Según un estudio realizado en Escocia, los profesionales sanitarios que trabajan de cara al paciente presentaban tres veces más probabilidades de ser ingresados en un hospital que los que no trabajan de cara al paciente. En el mismo estudio, los profesionales de salud y los miembros de sus hogares representaron el 17% de los ingresos hospitalarios.[31]

  • El análisis de los datos de ingreso hospitalario de 13 lugares en los EE.UU. encontró que el 6% de los adultos hospitalizados eran trabajadores de la salud, y el 36% de estas personas ocupaban funciones profesionales de enfermería. Alrededor del 90% de los profesionales de salud hospitalizados presentaba al menos una afección subyacente, siendo las más frecuentes, la obesidad, la hipertensión y la diabetes.[32]

Recursos

Factores de riesgo

Las personas que residen o trabajan en una zona de alto riesgo de transmisión (p. ej., entornos residenciales cerrados, entornos humanitarios), las personas que residen o viajan a una zona de transmisión comunitaria y las personas que trabajan en un entorno sanitario (incluidos los centros de salud y los domicilios) en cualquier momento en el plazo de los 14 días anteriores al inicio de los síntomas corren un mayor riesgo de infección.[184]

La Organización Mundial de la Salud define un contacto como una persona que ha sufrido cualquiera de las siguientes exposiciones durante los 2 días anteriores y los 14 días posteriores al inicio de los síntomas de un caso probable o confirmado: contacto en persona con un caso probable o confirmado en un radio de 1 metro (3 pies) y durante al menos 15 minutos; contacto físico directo con un caso probable o confirmado; atención directa a un paciente con COVID-19 probable o confirmado sin utilizar el equipo de protección personal recomendado; u otras situaciones indicadas por las evaluaciones de riesgos locales.[184]

Los Centers for Disease Control and Prevention de EE.UU. han redefinido lo que consideran un contacto cercano en octubre de 2020. Un contacto cercano se define actualmente como una persona que ha estado a menos de 2 metros (6 pies) de una persona infectada durante al menos 15 minutos en un período de 24 horas, comenzando 2 días antes del inicio de los síntomas (o 2 días antes de las pruebas en pacientes asintomáticos). En la definición anterior, la ventana de exposición de 15 minutos era continua.[185] El factor desencadenante de este cambio fue un estudio de un oficial de un centro penitenciario que dio positivo tras tener múltiples encuentros breves con seis reclusos que habían dado positivo por un total de más de 17 minutos durante un turno de 8 horas, a pesar de que el oficial llevaba una mascarilla y gafas protectoras.[186]

La edad avanzada es un factor de riesgo de infección.[187] Los datos de un estudio transversal realizado en el Reino Unido indican que las personas de 40 a 64 años de edad son las que corren mayor riesgo de infección, seguidas por los pacientes de 75 años o más, y posteriormente las personas de 65 a 74 años de edad.[188] El riesgo de padecer una enfermedad grave en los adultos aumenta con la edad, siendo las personas de edad avanzada (a partir de los 65 años) las que corren mayor riesgo.[189][190] La mayor tasa de mortalidad se ha observado en pacientes de 80 años o más.[191] En los EE.UU., los pacientes ≥65 años representaron el 31% de todos los casos, el 45% de los ingresos hospitalarios, el 53% de los ingresos en la unidad de cuidados intensivos y el 80% de las muertes, con la mayor incidencia de resultados graves en los pacientes de ≥85 años.[7] Si bien la edad es un factor de riesgo independiente, el riesgo en las personas de edad avanzada también está relacionado en parte con la probabilidad de que los adultos de edad avanzada sean más propensos a presentar comorbilidades.

Se ha informado de una transmisión generalizada en los centros de cuidados a largo plazo.[121] Las personas que viven en una residencia de ancianos, o en un centro de cuidados a largo plazo, corren un mayor riesgo de padecer enfermedades graves.[190] Los residentes de centros asistenciales representan aproximadamente un tercio del número total de fallecimientos en Inglaterra y Gales; otros países han informado una experiencia similar. Esto se debe probablemente a la escasez de equipo de protección personal, a una población vulnerable y a la falta de pruebas.[192] Más de un tercio de las casas de acogida en Inglaterra han tenido casos.[193] Un estudio realizado en cuatro residencias de ancianos del Reino Unido encontró que el 26% de los residentes murieron en un período de dos meses y que la mortalidad por todas las causas aumentó en un 203% en comparación con años anteriores. Aproximadamente el 40% de los residentes dieron positivo por el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2), y de éstos, el 43% eran asintomáticos y el 18% tenían síntomas atípicos.[194]

El sexo masculino es un factor de riesgo de enfermedad grave, el número de ingresos en la unidad de cuidados intensivos y mortalidad.[195] Los datos de un estudio transversal en el Reino Unido encontraron que las probabilidades ajustadas de una prueba positiva eran mayores en los hombres (18.4%) en comparación con las mujeres (13.3%).[188] Se ha formulado la hipótesis de que esto puede deberse a la presencia de andrógenos, a un nivel más bajo de anticuerpos frente al SARS-CoV-2 en comparación con las mujeres, o a que las mujeres presentan una respuesta inmunitaria más fuerte en comparación con los hombres; sin embargo, es necesario seguir investigando.[196][197][198] La mayor prevalencia del consumo de alcohol y del tabaco también puede contribuir a la mayor prevalencia de la infección entre los hombres.[199]

Las personas de raza negra, los asiáticos y de minorías étnicas (BAME) presentan un mayor riesgo de infección y peores resultados, incluido un mayor riesgo de ingreso en la unidad de cuidados intensivos y de mortalidad, en comparación con las personas de raza blanca.[200][201]

Los datos de un estudio transversal realizado en el Reino Unido revelaron que los pacientes del sur de Asia y los negros presentaban una odds ratio de 1.93 y 1.47 de sospecha de infección, respectivamente.[202] La edad media de los pacientes de las minorías étnicas era significativamente menor que la de los pacientes blancos.[203] Las minorías étnicas del Reino Unido (incluidas las minorías de Asia meridional, Asia oriental, personas de raza negra y otras minorías étnicas) ingresados en el hospital presentaban más probabilidades de ser ingresadas en la unidad de cuidados intensivos y de necesitar ventilación mecánica invasiva, en comparación con los pacientes de raza blanca, a pesar de que la gravedad de la enfermedad era similar en el momento del ingreso y de que eran más jóvenes y presentaban menos comorbilidades.[204]

Los datos ajustados por edad de los Centers for Disease Control and Prevention (a fecha de 5 de diciembre de 2020) muestran que las personas hispanas o latinas, los indios americanos no hispanos, los nativos de Alaska y las personas de raza negra no hispanas presentan aproximadamente 3.8, 3.7 y 3.3 veces la tasa de ingresos hospitalarios de las personas de raza blanca no hispanas, respectivamente.[205] Sin embargo, en los estudios de cohorte en los EE.UU. no se ha observado ninguna diferencia en los resultados entre las personas de raza negra que no son hispanos y los hispanos en comparación con los pacientes de raza blanca, después de ajustar los factores sociodemográficos y las comorbilidades (p. ej., la edad, el sexo, el seguro médico).[206][207] En un extenso registro nacional de ingresos hospitalarios de COVID-19, los pacientes de raza negra e hispanos representaron más del 50% de los ingresos hospitalarios. Después de ajustar las características sociodemográficas y clínicas, la mortalidad y los principales eventos adversos cardiovasculares o cerebrovasculares no difirieron por origen étnico. Esto indica que los pacientes de raza negra e hispanos pueden presentar un mayor riesgo de mortalidad y morbilidad debido a su desproporcionada representación entre los ingresos hospitalarios.[208] En un estudio de más de 10,000 pacientes fallecidos en los EE.UU., el 35% de los hispanos y el 30% de las personas fallecidas que no eran de raza blanca tenían menos de 65 años, en comparación con el 13% de las personas de raza blanca no hispanas.[209] Un análisis de más de 114,000 muertesasociadas a– COVID-19 en los EE.UU. encontró que de los fallecidos el 51.3% eran personas de raza blanca de origen no hispano, el 24.2% eran hispanos o latinos, y el 18.7% eran personas de raza negra no hispanos.[210]

Las disparidades raciales en los resultados pueden atribuirse en parte a las mayores tasas de comorbilidad de ciertos grupos étnicos.[211]

Las personas con comorbilidades corren un mayor riesgo de sufrir enfermedad grave y mortalidad.[212] Cuantas más comorbilidades presente una persona, mayor será su riesgo de padecer enfermedad grave.[213] En los EE.UU., aproximadamente el 91% de los pacientes hospitalizados presentaban, por lo menos, una afección médica subyacente informada.[205] Las comorbilidades más frecuentes en los adultos con COVID-19 son la hipertensión, la diabetes, las enfermedades respiratorias crónicas, las enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas como el cáncer.[214] En un estudio prospectivo de cohorte con observación de más de 20,000 pacientes hospitalizados en el Reino Unido, las comorbilidades más frecuentes fueron la enfermedad cardíaca crónica (31%), la diabetes sin complicaciones (21%), la enfermedad pulmonar crónica no asmática (18%) y la enfermedad renal crónica (16%).[6] De manera similar, en los EE.UU. las comorbilidades más frecuentes fueron las enfermedades cardiovasculares (32%), la diabetes (30%) y las enfermedades pulmonares crónicas (18%). El número de ingresos hospitalarios fue seis veces mayor y el de muertes 12 veces mayor en los pacientes con comorbilidades en comparación con los que no las presentaban.[215] Se ha estimado que aproximadamente el 56% de los adultos en EE.UU. corren el riesgo de requerir ingreso hospitalario por COVID-19 debido a la presencia de al menos una comorbilidad. Estas afecciones subyacentes se asocian con factores de riesgo modificables que, si se mejoran mediante cambios en el estilo de vida, pueden mejorar el estado de riesgo de una persona.[216]

De los 345 casos pediátricos con información sobre las condiciones subyacentes, el 23% tenía al menos una afección subyacente, más frecuentemente una enfermedad pulmonar crónica, enfermedad cardiovascular o inmunosupresión.[217] Aproximadamente, el 39% de los niños hospitalizados tenían una afección subyacente en otro estudio. Las comorbilidades más frecuentes eran el asma, los trastornos neurológicos, la diabetes, la obesidad, las enfermedades cardiovasculares y las neoplasias malignas/afecciones hematológicas.[218] Los niños con comorbilidades presentan una relación de riesgo relativo de 1.79 para las enfermedades graves y una relación de riesgo relativo de 2.81 para la mortalidad, en comparación con los niños sin comorbilidades.[219]

Alrededor del 32% de los adultos jóvenes (de 18 a 25 años) en los EE.UU. presentaban afecciones subyacentes que los ponían en riesgo de padecer enfermedad grave, incluyendo afecciones cardíacas, diabetes, asma, afecciones inmunológicas, condiciones hepáticas y obesidad. El tabaquismo (incluido el uso de cigarrillos electrónicos) en los últimos 30 días también aumentó el riesgo. La tasa de adultos jóvenes que presentan riesgo de padecer enfermedad grave disminuyó al 16% si se consideran solo los no fumadores.[220]

Las personas con enfermedades cardíacas graves (p. ej., insuficiencia cardíaca, enfermedad de las arterias coronarias, cardiomiopatías) corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] Las arritmias, la enfermedad de las arterias coronarias y las enfermedades cardiovasculares están significativamente asociadas al ingreso en la unidad de cuidados intensivos. La insuficiencia cardíaca, las arritmias, las enfermedades coronarias y las enfermedades cardiovasculares también se asocian significativamente a un mayor riesgo de mortalidad.[221]

Las personas con hipertensión pueden presentar un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] La hipertensión se ha asociado con un aumento de los malos resultados compuestos, incluida la mortalidad, la enfermedad grave, el síndrome de dificultad respiratoria aguda, la necesidad de ingreso hospitalario en la unidad de cuidados intensivos y el avance de la enfermedad.[222] Los pacientes con hipertensión tienen un riesgo 2.98 veces mayor de padecer enfermedades graves y un riesgo 2.88 veces mayor de morir en comparación con los pacientes sin hipertensión.[223]

Las personas que padecen obesidad (≥30 kg/m²) u obesidad grave (≥40 kg/m²) corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave, y las personas con sobrepeso (25-30 kg/m²) pueden correr un mayor riesgo de padecer enfermedades graves; sin embargo, las evidencias son limitadas en el caso de este último grupo.[213] La obesidad se asocia con un mayor riesgo de infección, un mayor riesgo de ingreso hospitalario, el avance a una enfermedad grave o crítica, la necesidad de ventilación mecánica invasiva y un mayor riesgo de mortalidad intrahospitalaria.[224][225][226] La obesidad juega un papel importante en el riesgo de muerte por COVID-19, particularmente en los hombres y en las personas más jóvenes (<60 años de edad).[227] Los pacientes obesos también corren un mayor riesgo de sufrir tromboembolismo venoso y diálisis.[228] El aumento del índice de masa corporal es un importante factor de riesgo de enfermedad grave en las mujeres embarazadas.[229] La obesidad fue la comorbilidad más frecuente en los niños y se asoció significativamente con la ventilación mecánica en niños de 2 años o más en un estudio retrospectivo de un único centro en Nueva York.[230]

Las personas con diabetes de tipo 2 presentan un mayor riesgo de padecer enfermedad grave. Las personas con diabetes de tipo 1 o diabetes gestacional también pueden presentar un mayor riesgo de padecer enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas en estos grupos de pacientes.[213] La prevalencia agrupada de la diabetes en los pacientes de COVID-19 es de aproximadamente el 15%.[231] La diabetes se asocia con un mayor riesgo de avance de la enfermedad, ingreso en la unidad de cuidados intensivos, síndrome de dificultad respiratoria aguda, ventilación mecánica y mortalidad.[232][233] El riesgo de ingreso en la unidad de cuidados intensivos y de mortalidad es significativamente mayor en los pacientes con diabetes en comparación con los que no la padecen (coeficiente de riesgo combinado de 1.88 y 1.61, respectivamente).[231] Un tercio de todas las muertes de pacientes hospitalizados en Inglaterra se producen en pacientes con diabetes. Las personas con diabetes de tipo 1 presentaban 3.50 veces más probabilidades de morir en el hospital con COVID-19, mientras que las personas con diabetes de tipo 2 presentaban 2.03 veces más probabilidades.[234] Un análisis de más de 19,000 pacientes ingresados en la unidad de cuidados intensivos durante toda la primera oleada de la enfermedad en Inglaterra encontró que la diabetes de tipo 2 está asociada con un aumento del 20% de la mortalidad en pacientes con enfermedad grave, independientemente de la edad, el sexo, el origen étnico, la obesidad u otra comorbilidad importante.[235] Entre los factores de riesgo de un mal pronóstico y una mayor mortalidad en los pacientes con diabetes de tipo 1 o tipo 2 figuran la edad avanzada, el sexo masculino, la etnia distinta de la caucásica, la privación socioeconómica, la insuficiencia renal, los antecedentes de accidente cerebrovascular o insuficiencia cardíaca, los niveles más altos de hemoglobina glicosilada (HbA1c), el índice de masa corporal más elevado, la proteína C-reactiva elevada, la cetoacidosis diabética y el uso de insulina.[236][237][238] Sin embargo, los niveles de HbA1c no se asociaron con la mortalidad en una cohorte de amplio tamaño muestral estadounidense de pacientes hospitalizados con diabetes y COVID-19, mientras que el tratamiento con insulina y la obesidad fueron factores de riesgo fuertes e independientes de la mortalidad hospitalaria.[239] La hiperglucemia es también un factor de riesgo independiente para el mal pronóstico en pacientes hospitalizados con o sin diabetes conocida.[240][241] Los pacientes con diabetes recién diagnosticada presentan un mayor riesgo de mortalidad por todas las causas en comparación con los pacientes con diabetes conocida, hiperglucemia o glucosa normal.[242] Es probable que el mal pronóstico de estos pacientes se deba a la naturaleza sindrómica de la diabetes, ya que factores como la hiperglucemia, la edad avanzada y la presencia de comorbilidades (p. ej., obesidad, hipertensión, enfermedades cardiovasculares) contribuyen al aumento del riesgo.[243] La metformina se asoció significativamente con una reducción de la mortalidad en las mujeres con obesidad o diabetes de tipo 2 que fueron ingresadas en el hospital por COVID-19 en un análisis retrospectivo de cohortes de gran tamaño muestral; sin embargo, es necesario seguir investigando.[244]

No hay evidencias claras de que las personas con asma o enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) corran un mayor riesgo de infección.[245][246] Sin embargo, las personas con EPOC (incluyendo enfisema y bronquitis crónica) presentan un mayor riesgo de padecer enfermedades graves.[213] La EPOC se asocia con un riesgo 5 veces mayor de enfermedad grave.[247] Las personas con asma moderada a grave pueden correr un mayor riesgo de padecer enfermedades graves; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] Un metanálisis encontró que el asma no está asociada con enfermedad grave, peor pronóstico o un mayor riesgo de intubación o ventilación mecánica. Los pacientes con asma tenían un menor riesgo de muerte en comparación con los pacientes no asmáticos.[248] Las personas que padecen otras enfermedades pulmonares crónicas (p. ej., fibrosis quística, fibrosis pulmonar idiopática) pueden correr un mayor riesgo de padecer enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] No hay datos sobre si las enfermedades respiratorias pediátricas (incluido el asma infantil) son factores de riesgo de infección o de gravedad.[249]

Las personas con enfermedad renal crónica pueden presentar un mayor riesgo de infección. Los datos de un estudio transversal en el Reino Unido encontraron que las probabilidades ajustadas de una prueba positiva eran mayores en los pacientes con enfermedad renal crónica (32.9%), en comparación con los que no la tenían (14.4%).[188] Las personas con enfermedades renales crónicas también corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] La prevalencia de enfermedades renales crónicas preexistentes en pacientes con COVID-19 fue del 5.2% (2.3% para las enfermedades renales en fase terminal), y es un factor de riesgo independiente para desarrollar un daño renal agudo como complicación.[250]

Las personas con cáncer corren un mayor riesgo de infección, probablemente debido a tratamientos inmunosupresores y/o visitas recurrentes al hospital.[251] La prevalencia global agrupada de cáncer en pacientes ingresados es de aproximadamente el 2.6%, con una incidencia menor en China en comparación con los países occidentales.[252] Las personas con cáncer también presentan un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] Los pacientes con cáncer presentan un 76% más de propensión a contraer enfermedad grave, en comparación con los que no sufren cáncer.[253] También presentan un mayor riesgo de peores resultados clínicos, como el ingreso en la unidad de cuidados intensivos y la mortalidad por todas las causas (en particular los casos de enfermedad metastásica, cáncer hematológico o cáncer de pulmón), y parecen deteriorarse más rápidamente en comparación con los pacientes que no padecen cáncer.[254][255] La proporción de las tasas de ingreso en la unidad de cuidados intensivos y las tasas de mortalidad entre los grupos de cáncer y los que no lo son fue de 2.88 y 2.25, respectivamente.[256] El riesgo de mortalidad hospitalaria combinada en pacientes con cáncer es del 14.1%.[252] Los factores de riesgo de mortalidad en pacientes con cáncer incluyen el sexo masculino, la edad avanzada, la presencia de una o más comorbilidades, la hipertensión, la EPOC y la presencia de complicaciones (p. ej., el síndrome de dificultad respiratoria aguda, la insuficiencia renal aguda). Los pacientes con neoplasias hematológicas presentan un mayor riesgo de mortalidad en comparación con quienes presentan tumores sólidos. Los tratamientos recientes contra el cáncer no se asocian de manera significativa con un aumento de la tasa de mortalidad.[257] Si bien la quimioterapia activa o la quimioterapia en los últimos 30 días aumentó el riesgo de muerte, las terapias dirigidas, la inmunoterapia, la cirugía y la radioterapia no parecían aumentar el riesgo de enfermedad grave o de muerte.[258][259] Es posible que los niños con cáncer no sean más vulnerables a las infecciones, en comparación con los niños sin cáncer. Los datos limitados muestran que la morbilidad general en los pacientes pediátricos con cáncer es baja, con solo un 5% que requiere ingreso hospitalario por los síntomas.[260]

Las personas con anemia drepanocítica presentan un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave.[213] De los 178 pacientes con anemia drepanocítica y COVID-19 en EE.UU. (edad media del paciente <40 años), el 69% fue hospitalizado, el 11% fue ingresado en cuidados intensivos y el 7% murió.[261] La infección puede causar un síndrome torácico agudo en pacientes con anemia falciforme.[262][263]

Las personas con un estado inmunocomprometido a causa de un trasplante de órganos sólidos corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] Los receptores de trasplante de órganos sólidos corren un mayor riesgo de hospitalización, ingreso en la unidad de cuidados intensivos y mortalidad. Sin embargo, el aumento de la tasa de ingresos hospitalarios puede reflejar una estrategia de manejo preferida de una vigilancia más estrecha de los pacientes hospitalizados en lugar de ser un indicador de la gravedad de la enfermedad. La mortalidad general en los receptores de trasplantes de órganos sólidos fue del 20%.[264] Las tasas de ingreso hospitalario y mortalidad en los receptores de trasplantes de hígado son desproporcionadamente elevadas, en comparación con los pacientes no trasplantados, independientemente de la edad o del tiempo transcurrido tras el trasplante. La edad avanzada y la diabetes son factores de riesgo importantes para la muerte de estos pacientes.[265]

Las personas que son o han sido fumadoras corren un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave.[213] Los fumadores activos presentan un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave o crítica. Los pacientes con antecedentes de tabaquismo presentan un riesgo significativamente mayor de padecer la enfermedad grave o crítica, mortalidad hospitalaria, avance de la enfermedad y necesidad de ventilación mecánica.[266] Los fumadores presentan el doble de riesgo de mortalidad que los no fumadores.[267] Esto puede deberse al aumento de la expresión en las vías respiratorias del receptor de la enzima convertidora de angiotensina-2 en los fumadores.[268] La Organización Mundial de la Salud ha revisado las evidencias disponibles y ha llegado a la conclusión de que el tabaquismo está asociado con una mayor gravedad de las enfermedades y la muerte de los pacientes hospitalizados.[269]

Las personas con enfermedades cerebrovasculares pueden tener un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] La prevalencia agrupada de enfermedades cerebrovasculares preexistentes en pacientes con COVID-19 es del 3%.[270] Los pacientes con un historial de enfermedad cerebrovascular presentan más probabilidades de progresar a resultados adversos en comparación con los pacientes sin historial de enfermedad cerebrovascular.[271] Los pacientes con enfermedades cerebrovasculares preexistentes presentan 2.67 veces más probabilidades de tener malos resultados, incluyendo el ingreso en la unidad de cuidados intensivos, la ventilación mecánica y la mortalidad.[272]

La demencia se asocia con un mayor riesgo de infección y una mayor mortalidad.[273] Las personas con demencia también corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] La incidencia de la demencia en los pacientes de COVID-19 es de aproximadamente el 9%.[274] En el Reino Unido, más de un cuarto de las personas que murieron con COVID-19 de marzo a junio de 2020 presentaban demencia. La demencia y la enfermedad de Alzheimer fue la principal afección de salud preexistente más frecuente en las muertes relacionadas con COVID-19 entre marzo y junio de 2020.[275]

Las personas con enfermedades hepáticas crónicas, especialmente la cirrosis, pueden correr un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] La prevalencia de la enfermedad hepática crónica en los pacientes de COVID-19 es de aproximadamente el 3%. La presencia de enfermedades hepáticas crónicas se asocia con la enfermedad y mortalidad global más grave.[276] La tasa de mortalidad a los 30 días es mayor en los pacientes con cirrosis, siendo las principales causas de muerte las complicaciones respiratorias y el empeoramiento súbito de la función hepática, que conduce a una enfermedad hepática en fase terminal.[277]

Las personas con enfermedad de hígado graso asociada a la disfunción metabólica (MAFLD; también llamada enfermedad de hígado graso no alcohólica) corren un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave, con una tasa de probabilidades agrupada de 2.93.[278] La gravedad de COVID-19 se ha asociado con una edad más joven (<60 años) y con puntuaciones intermedias o altas de fibrosis-4 (FIB-4) en pacientes con MAFLD.[279][280]

La mortalidad y las complicaciones quirúrgicas son mayores en los pacientes con COVID-19 en comparación con los pacientes sin COVID-19.[281] Un estudio retrospectivo de 34 pacientes en China que se sometieron a cirugías electivas durante el período de incubación de COVID-19 encontró que todos los pacientes desarrollaron neumonía después de la cirugía. Aproximadamente, el 44% de estos pacientes requirieron ser admitidos en la unidad de cuidados intensivos y el 20% murieron.[282] Las complicaciones pulmonares postoperatorias se producen en la mitad de los pacientes con infección perioperatoria de SARS-CoV-2, y están asociadas con una mayor mortalidad, en particular en los hombres y los mayores de 70 años.[283]

Las mujeres embarazadas corren un mayor riesgo de padecer enfermedad grave.[213] Según un análisis de aproximadamente 400,000 mujeres de 15 a 44 años de edad con enfermedades sintomáticas, las mujeres embarazadas presentaban más probabilidades de ser hospitalizadas, de ser ingresadas en la unidad de cuidados intensivos y de recibir ventilación mecánica invasiva u oxigenación por membrana extracorpórea y de morir, en comparación con las mujeres no embarazadas.[23]

Las personas que están inmunocomprometidas (p. ej., trasplante de sangre o de médula ósea, deficiencias inmunológicas, uso prolongado de corticosteroides u otros medicamentos inmunosupresores) pueden presentar un mayor riesgo de padecer enfermedades graves; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213] Los pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal que estaban en tratamiento biológico a largo plazo no presentaban un mayor riesgo de resultados deficientes; sin embargo, el uso reciente de corticoesteroides, el uso de tiopurina o la terapia combinada pueden estar asociados a un mayor riesgo de enfermedad grave y peores resultados.[284][285] La exposición a los glucocorticoides de ≥10 mg/día (prednisolona) se ha asociado con mayores probabilidades de ingreso hospitalario en pacientes con enfermedades reumatológicas.[286] Los pacientes tratados con ciclosporina/tacrolimus también presentaban un mayor riesgo de ingreso hospitalario; sin embargo, no estaba claro si el aumento del riesgo estaba relacionado con el propio fármaco, la enfermedad subyacente por la que se trataba al paciente u otros factores.[287] Véase también Infección por VIH y Enfermedad autoinmunitaria, a continuación.

Las enfermedades autoinmunitarias se asocian con un mayor riesgo de infección. Sin embargo, los resultados clínicos no fueron considerablemente peores en comparación con las personas sin enfermedades autoinmunitarias. El uso de corticoesteroides aumentaba el riesgo de infección y de resultados graves, y el uso de fármacos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (DMARD) combinados aumentaba el riesgo de resultados graves. La monoterapia con DMARD, en particular los inhibidores del factor de necrosis tumoral, redujo el riesgo de enfermedades graves y la mortalidad. Otros factores asociados con la enfermedad grave en esta población son la edad avanzada y la presencia de comorbilidades.[288] En los pacientes con esclerosis múltiple, la discapacidad neurológica, la edad y la obesidad eran factores de riesgo de enfermedad grave.[289] En los pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal, el riesgo de infección es comparable al de la población general, y los resultados de los pacientes (ingreso hospitalario, ingreso en la unidad de cuidados intensivos y mortalidad) son peores en la colitis ulcerosa y en los pacientes que toman corticoides o aminosalicilatos. Los resultados son mejores en los pacientes que reciben fármacos biológicos.[290]

Hay evidencias imitadas que respaldan una asociación entre la deficiencia de vitamina D y el riesgo de infección y peores resultados. En estudios observacionales y retrospectivos se ha encontrado una asociación entre la deficiencia de vitamina D y un mayor riesgo de infección.[291][292][293][294][295] En un estudio poblacional realizado en Israel se descubrió que los pacientes que dieron positivo en la prueba de COVID-19 presentaban niveles de vitamina D en plasma significativamente más bajos, en comparación con los que dieron negativo. El análisis univariado demostró una asociación entre el bajo nivel de vitamina D en plasma y el aumento de la probabilidad de hospitalización. El estudio concluyó que el bajo nivel de vitamina D en el plasma parece ser un factor de riesgo independiente para la infección por COVID-19 y para el ingreso hospitalario.[296] Un metanálisis encontró que la deficiencia de vitamina D aumentaba el riesgo de ingreso hospitalario y mortalidad, y que los pacientes con enfermedades graves presentaban más probabilidades de tener deficiencia de vitamina D en comparación con los pacientes con enfermedad leve.[297] En un estudio transversal realizado en Irán a 235 pacientes hospitalizados se observó que los pacientes que presentaban suficientes niveles de vitamina D en suero al momento del ingreso, definidos como nivel de 25(OH)D en suero ≥30 nanogramos/mL, presentaban niveles significativamente más bajos de proteína C-reactiva en la sangre y un recuento total de linfocitos en la sangre más alto, en comparación con aquellos con niveles insuficientes de vitamina D, lo que sugiere que los niveles suficientes de vitamina D mejoraron la función inmunológica en estos pacientes. Las enfermedades graves eran menos frecuentes en los pacientes con niveles adecuados de vitamina D, y entre las personas mayores de 40 años que morían aproximadamente el 90% presentaban niveles insuficientes de vitamina D.[298]

Las evidencias sugieren que puede haber una asociación entre la exposición a largo plazo a la contaminación del aire ambiente y el COVID-19.[299][300] El mayor número de casos se registró en las regiones más contaminadas de Italia, donde los pacientes que presentaban enfermedad más grave requerían cuidados intensivos. La mortalidad fue dos veces mayor en las regiones contaminadas en comparación con otras regiones.[301] Un estudio encontró que de las muertes por COVID-19 a través de 66 regiones administrativas en Italia, España, Francia y Alemania, el 78% de las muertes se produjeron en solo cinco regiones y estas regiones fueron las más contaminadas en términos de niveles de dióxido de nitrógeno.[302] Un estudio previo a la impresión de la Universidad de Harvard descubrió que las personas que viven en regiones de los EE.UU. con altos niveles de contaminación atmosférica tenían más probabilidades de morir a causa de COVID-19 que las que viven en zonas menos contaminadas. Los investigadores encontraron que un aumento de 1 microgramo/m³ en materia de partículas finas está asociado con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad de COVID-19.[303]

La distribución de los brotes comunitarios a lo largo de las mediciones restringidas de latitud, temperatura y humedad es coherente con el comportamiento de un virus respiratorio estacional.[304] Las evidencias indican que un clima frío y seco puede aumentar la transmisión, y un clima cálido y húmedo puede reducir la tasa de infecciones; sin embargo, las evidencias no son aún suficientes para demostrar esta causalidad.[305][306] Sin embargo, hay otras evidencias que sugieren que la temperatura ambiente no tiene un impacto significativo en la transmisión, especialmente durante la etapa pandémica de un patógeno emergente.[307][308][309] Es necesario seguir investigando la forma en que las condiciones meteorológicas influyen en la transmisión, ya que unas temperaturas más bajas se han asociado al aumento de la transmisión de otros coronavirus. Una mayor latitud también puede estar asociada a un mayor riesgo de casos y muertes en algunos países.[310] Se ha encontrado una correlación positiva entre las tasas de mortalidad más bajas y la proximidad de un país al Ecuador, lo que sugiere una correlación entre la exposición a la luz solar (y los niveles de vitamina D) y la reducción de la mortalidad.[311]

Los datos de un estudio transversal realizado en el Reino Unido revelaron que las probabilidades ajustadas de una prueba positiva eran mayores en las personas que vivían en zonas urbanas (26.2%) en comparación con las personas que vivían en zonas rurales (5.6%), y en las personas que vivían en zonas más desfavorecidas (29.5%) en comparación con las personas que vivían en zonas menos desfavorecidas (7.7%).[188]

Anteriormente, existía la preocupación de que las personas que tomaban estos fármacos pudieran tener un mayor riesgo de infección o la enfermedad más grave debido al aumento de la expresión de los receptores de la enzima convertidora de angiotensina-2 (ACE2).[312] Sin embargo, la evidencia de alta certidumbre indica que el uso de estos fármacos no está asociado con la enfermedad grave, y la evidencia de certidumbre moderada indica que no existe asociación entre el uso de estos medicamentos y un resultado positivo de la prueba del SARS-CoV-2 entre los pacientes sintomáticos.[313][314] A pesar de estas evidencias tranquilizadoras, otro metanálisis encontró que el uso de antagonistas de los receptores de la angiotensina II, y no de los inhibidores de la ECA, puede aumentar el riesgo de infección por SARS-CoV-2 en adultos de menos de 60 años de edad.[315] Un estudio prospectivo de cohorte de más de 19,000 pacientes en Inglaterra encontró que estos fármacos estaban asociados a un riesgo significativamente reducido de COVID-19, y no estaban asociadas con un mayor riesgo de requerir cuidados intensivos. Sin embargo, las variaciones entre los grupos étnicos plantean la posibilidad de que se produzcan efectos específicos para un determinado grupo étnico.[316] El National Institute for Health and Care Excellence del Reino Unido afirma que no se puede llegar a una conclusión sobre si estos fármacos aumentan o disminuyen el riesgo de desarrollar COVID-19 o una enfermedad grave, basándose en las evidencias disponibles actualmente.[317] Las sociedades profesionales recomiendan que los pacientes que ya están tomando estos fármacos continúen tomándolos.[318][319][320]

La dislipidemia parece estar asociada con un mayor riesgo de enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[321][322]

Preocupa el hecho de que las personas que toman estos fármacos puedan correr un mayor riesgo de infección o de enfermedades más graves, ya que se ha demostrado que las estatinas aumentan la expresión del ACE2 en animales de laboratorio y pueden potenciar la activación de la vía inflamatoria en el síndrome de dificultad respiratoria grave que conduce a una enfermedad más grave.[312] Un metanálisis de cuatro estudios retrospectivos sugiere un riesgo reducido de enfermedades mortales o graves entre los consumidores de estatinas.[323] En un estudio de observación de cohortes se determinó que la exposición reciente a las estatinas no se asociaba con un aumento o disminución del riesgo de infección grave o de mortalidad por todas las causas.[324] Es necesario seguir investigando los posibles efectos terapéuticos o perjudiciales de las estatinas.[325]

Se sabe que los inhibidores de la bomba de protones (IBP) aumentan el riesgo de infecciones por hipoclorito de sodio. Hay evidencias de una relación dosis-respuesta independiente entre el uso de medicamentos antisecretorios y la positividad del COVID-19. Se observó un aumento significativo de las probabilidades de informar una prueba positiva de COVID-19 entre las personas que tomaban inhibidores de la bomba de protones en comparación con los que no tomaban inhibidores de la bomba de protones. Las personas a las que se administraban antagonistas H2 no presentaban un riesgo elevado.[326] Los pacientes que toman inhibidores de la bomba de protones también pueden tener un mayor riesgo de infecciones secundarias, resultados clínicos graves y muerte.[327][328] Los usuarios actuales o habituales de IBP presentaban más probabilidades de tener resultados graves en comparación con los que no usaban IBP. Además, los usuarios actuales del IBP presentaban más probabilidades de ser hospitalizados durante más tiempo en comparación con los que no lo eran, aunque esto no era estadísticamente significativo. El uso de IBP en el pasado no está asociado con una mayor susceptibilidad a la infección o con resultados graves.[329]

Todavía no está claro si la infección por VIH influye en la infección y en la evolución de la enfermedad. Un estudio retrospectivo de cohorte encontró que las personas con VIH en el Reino Unido parecen presentar un mayor riesgo de mortalidad.[330] Sin embargo, el mayor estudio de cohorte de pacientes seropositivos con COVID-19 realizado hasta la fecha reveló que, aunque la mortalidad bruta es mayor en los pacientes seropositivos en comparación con los pacientes seronegativos, los análisis de comparación de propensión no revelaron ninguna diferencia en los resultados, lo que demuestra que esta elevada mortalidad se debe a la mayor carga de factores de riesgo de enfermedad grave en los pacientes seropositivos. Los hombres afectados por complicaciones relacionadas con el tratamiento antirretroviral pueden presentar un mayor riesgo de padecer la enfermedad grave.[331] Un estudio de cohorte encontró que los pacientes VIH positivos que recibían tenofovir disoproxil/emtricitabina presentaban un riesgo menor de COVID-19 y el ingreso hospitalario relacionado que aquellos que recibían otros tratamientos antirretrovirales.[332]

Las personas con talasemia pueden correr un mayor riesgo de padecer enfermedad grave; sin embargo, las evidencias son limitadas.[213]

Las personas con síndrome de Down pueden presentar un mayor riesgo de ingreso hospitalario y muerte, posiblemente debido a la presencia de disfunción inmunológica, enfermedad cardíaca congénita y patología pulmonar. Un estudio de cohorte en el Reino Unido encontró un riesgo 4 veces mayor de ingreso hospitalario y un riesgo 10 veces mayor de muerte relacionada con COVID-19 en personas con síndrome de Down.[333]

Los niños pueden correr un mayor riesgo de padecer enfermedad grave si padecen ciertas condiciones (p. ej., obesidad, diabetes, asma y enfermedades pulmonares crónicas, inmunosupresión, anemia falciforme, enfermedades renales crónicas); son médicamente complejos; presentan graves trastornos genéticos, neurológicos o metabólicos; o padecen enfermedades cardíacas congénitas. Sin embargo, la evidencia es limitada.[213]

Los grupos sanguíneos A y B se han asociado con un aumento del riesgo de infección en comparación con los grupos sanguíneos no A y no B. El grupo sanguíneo A también puede estar asociado con un mayor riesgo de mortalidad. No hay evidencia de una asociación entre el grupo sanguíneo AB y el riesgo de infección. El grupo sanguíneo O parece proteger contra la infección. Las personas que son Rh-positivas mostraban más vulnerabilidad a la infección en comparación con las personas Rh-negativas.[334] Un estudio de la asociación del genoma completo encontró que los pacientes con el grupo sanguíneo A presentan un riesgo 45% mayor de sufrir una insuficiencia respiratoria en comparación con otros grupos sanguíneos. También encontró un efecto protector en el grupo sanguíneo O. Dos loci cromosómicos se asociaron con insuficiencia respiratoria y uno de ellos coincidió con el locus del grupo sanguíneo AB0.[183] 

Hay algunas evidencias emergentes de que la disfunción de la microbiota intestinal puede estar implicada en la patogénesis del COVID-19, aunque esto todavía está por confirmar. Los pacientes parecen presentar un agotamiento de los comensales beneficiosos (Eubacterium ventriosum, Faecalibacterium prausnitzii, Roseburia y Lachnospiraceae taxa) y un crecimiento excesivo de patógenos oportunistas (Clostridium hathewayi, Actinomyces viscosus, Bacteroides nordii) durante el ingreso hospitalario. La configuración del microbioma intestinal se ha asociado con la gravedad de la enfermedad.[335][336][337]

El uso de este contenido está sujeto a nuestra cláusula de exención de responsabilidad